Tengo en mi mesa, junto al ordenador, un bonito muñeco de un terrorífico personaje portando una cabeza decapitada con su mismo rostro, su nombre es Alice Cooper.
Si aprietas un botón en la base del juguete, suena la melodía de Welcome to my nightmare, el primer clásico de Vincent Furnier, alias Alice Cooper, en solitario, una vez finiquitado su liderazgo en la legendaria Alice Cooper Band. El terror se da la mano con el show y el espectáculo, mi juguete podría dar miedo a un niño por su aspecto, pero también fascinarle por su música. Mi juguete es la esencia de Alice Cooper: terror y espectáculo, o el espectáculo del terror. Y por supuesto, la mejor música de los 70.
En 1974 Alice Cooper se marcha definitivamente de la banda con la que había conseguido poseer el cetro del shock-rock en USA, editando discos invariablemente clásicos (de 1971 a 1973, Love it to death, School´s out, Billion Dollar Babies y el magnífico e infravalorado Muscle of love), llenando arenas y persiguiendo las mentes bienpensantes del país con sus shows rebosantes de serpientes, decapitaciones y sangre. Superar el listón parecía difícil, pero Alice aceptó el reto y con el necesario respaldo económico detrás, edita en 1975 Welcome to my nightmare, donde explora su personaje desde la perspectiva más terrorífica, compone junto a Bob Ezrin (productor de los clásicos de la Alice Cooper Band) un puñado de himnos oscuros y recupera el cetro del horror y el hard rock, por si alguien dudaba de quien debía ser su dueño. En esa época, Alice lo pasaba en grande filmando películas donde daba rienda suelta a su particular concepción del musical de Broadway (el film Welcome to my nightmare), nadaba en la abundancia de discos de oro y miles de dólares y por supuesto, se emborrachaba de la de dios.
En 1976, llega el momento de ponerse las pilas de nuevo, había que diseñar la continuación de Welcome to my nightmare, y de nuevo con Bob Ezrin (un padre para Alice, tan importante en su obra como Tony Visconti en la de T Rex o Ted Templeman en la de los Van Halen de Dave Lee Roth) compone una de las piezas angulares de su carrera con una premisa temática seductora: Alice Cooper se da un paseo por el infierno. Señores, en 1976 (el año en que llegó al mundo un servidor) aterriza el esperado y tenebroso vinilo Alice Cooper goes to hell.
Injustamente considerado por medio planeta, Goes to hell contiene los mismos logros de Welcome to my nightmare sólo que más efervescentes, más valientes, en un envoltorio más ecléctico. Goes to hell es una historia con sentido (como lo son tantos discos de Alice Cooper), con la aventura del descenso al averno de Alice: su condena por cerdo e impío con nosotros, pobres humanos, el posterior veredicto de culpabilidad, sus ruegos a Satán, sus excusas para evitar la condena, los anhelos, los sueños de gloria y perdición de Alice mientras se consume en las llamas del castigo eterno. Mirad, traducir estas premisas en un estilo único, en un heavy o un death cazurro y mediocre sería lo que vosotros y yo habríamos hecho, pero Alice volcó toda su creatividad y su nunca suficientemente reconocida capacidad para absorber géneros musicales tan dispares como el funk, el jazz o el musical, para construir toda una obra que concilia extremos y polos opuestos creando empero una unidad, un disco conceptual.
Goes to hell marca la cúspide de Alice Cooper, la progresión lógica desde hard rock con tintes teatrales de la Alice Cooper Band al desparrame de estilos, influencias, imágenes y espectáculo de Welcome to my nightmare y este hermano gemelo peleón de 1976. ¿Repetiría Alice de nuevo tal derroche? No, igualaría puntualmente la capacidad de Goes to hell para trazar una narración repleta de ambientes, clímax y tramas en clave de musical (en 1977 con Lace and Whiskey, From the inside de 1978, o The Last temptation de 1994), se acercaría al nivel compositivo en obras como Special forces (1981) o Trash (1989), pero nunca lograría concebir un disco de semejante alcance. Quizás porque su tiempo se acabó en 1976, o porque el alcohol le desposeyó de su particular y desvergonzado toque mágico, o porque eran ya demasiados grandes discos sin descanso, pero Alice Coopr Goes to hell, sin desmerecer en absoluto lo que vendría después, es la última obra realmente importante de Alice Cooper.
Temas destacados:
Go to hell: Percusiones y bajo humeantes y amenazadores dan paso a un tema ya inexcusable en los conciertos de Alice Cooper. Aquí se formulan las acusaciones para enviar a Alice al infierno. Abriendo siempre la puerta a las lecturas irónicas, los cargos que se describen en la canción son los mismos por los que la más puritana sociedad americana había perseguido hasta entonces al propio Alice Cooper: “For criminal acts and violence on stage / For being a brat refusing to act your age / For all of the decent citizens you´ve enraged / You can go to hell”.
I´m the coolest: Impresionante atmósfera de club para este tema que se contonea maliciosamente entre el jazz y el funk, con un Alice en su tono más chulesco: “I mean I gotta be the greatest / I´m just a ball of fun / I mean I´m definitely the greatest / I´m also the coolest…”.
Give the kid a break: Alice lo tiene crudo, su vida en el infierno no le place, y ahora ruega por una nueva oportunidad, aunque el mismo Diablo le ordena que se calle y no le cuestione sus decisiones. Junto con otros temas del disco como Guilty o Wake me gently, Give the kid a break rezuma Broadway por los cuatro costados, demostrando (como también lo hacían anteriores clásicos de la Alice Cooper Band como Hello Hooray) que lo teatral en Alice Cooper no se limitaba al aspecto visual, sino a un nuevo concepto de rock combinado con musical.

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MundoMúsica | Discos | Alice Cooper goes to hell, de Alice Cooper (1976)

