Desde finales de los años ochenta, a cada nueva entrega discográfica la figura de Joaquín Sabina se ve sacudida por un huracán de adoración, giras multitudinarias, ventas masivas y sobre exposición tanto de su persona como del disco de turno en radios, televisiones y medios escritos.
El cantante andaluz ha llegado a ser uno de los cinco artistas más decisivos del país, sin que por ello la calidad de sus obras se haya resentido lo más mínimo. Con personales canciones de autor dándose la mano con el gusto del gran público, Sabina no baja el nivel, ni con 19 días y 500 noches (1999), a pesar del estado verdaderamente atroz al que había llegado su voz, y Dímelo en la calle (2002), ni con sus obras que recorren la década de los noventa, desde Mentiras piadosas (1990) hasta Yo, mi, me contigo (1996). Es un escritor regular, conoce su lenguaje y se ha rodeado de profesionales que encauzan bien su musicalidad, ya sean Antonio García de Diego o Pancho Varona. Pero aceptando que, como digo, hablamos de un tipo que no graba obras deficientes y al que el éxito nunca abandona ¿dónde se inició realmente este encumbramiento de Sabina? ¿Cuál o cuáles fueron los discos, las canciones, que le garantizaron una carrera con el público comiendo de su mano sin cuestionarle nada? La respuesta, a mi juicio, está en las dos obras que encendieron la mecha: Hotel dulce hotel (1987) y aquel El hombre del traje gris (1988) que no paraba de sonar en Los 40 de Fernandisco y Paco Vila Pico Loco. Fueron dos obras angulares, grabadas después de un exitoso disco en directo (Joaquín Sabina y Viceversa. En directo, de 1986), la primera es un delicioso hotel donde habitan pociones de desamor como Así estoy yo sin ti, la segunda, 12 fascinantes estampas invernales, melancólicas, tristes, el disco ideal para entrar en la poética de su creador (bien, cualquier disco es adecuado para eso), una de las explicaciones del por qué del estado de veneración permanente en el que actualmente se encuentra Joaquín Sabina.
Antes de dejarme llevar por descripciones acerca de la belleza de Eva tomando el sol o Cuando aprieta el frío, decir que El hombre del traje gris, con todo lo decisivo que fue para su autor (aumento de fans a miles, proporcionó sustento para una gira de éxito por Sudamérica a la que seguirían otras progresivamente más grandes, afianzó los conciertos de Sabina en abarrotadas plazas de toros y le hizo todavía más rico) tiene este disco el problema de muchos de las obras de Sabina: la producción. Es una lástima que un tipo que lleva una maleta con tantas canciones sobresalientes, no viajara a Nashville o incluso a Londres para grabar sus discos. Si los años ochenta fueron internacionalmente la década del sintetizador, las guitarras blandengues y la voz reverberada, las piruetas de la mesa de mezclas en suma, aquí en España esto se elevó a la máxima potencia del despropósito, ya no solo en los 80, sino, como buenos atrasados que solemos ser, en los primeros noventa. Y de todo ello se resiente la música de Sabina, canciones auténticas con una producción falsa, más adecuada para Spandau Ballet que para el tipo que escribe Los perros del amanecer. A Sabina le van guitarras de mayor graduación que las que se oyen en la lejanía por entre las canciones de El hombre del traje gris, a un cantautor que habla de la noche, del amor, del alcohol y de la puta vida no le metáis un bajo funky salido de Hot Chocolate y unos teclados robados de Level 42. Durante muchos discos, a Sabina le ha faltado una producción digna, auténtica, tan bruta como puedan ser las letras de sus canciones, pero tan grande es su música, que las mismas canciones, aún estando maquilladas como para ligar con Milli Vanilli y codearse con Jennifer Rush, se las han arreglado (gracias también al empeño del artista para defenderlas sobre el escenario, fuera de las trampas del estudio) para emerger como obras maestras por encima del nefasto trabajo de producción al que han sido sometidas.
De título inspirado en un film protagonizado por Gregory Peck, El hombre del traje gris contiene tres, cuatro, seis, según el gusto, canciones inmejorables. La inicial Eva tomando el sol, una balada que sitúa entre los parámetros de la desazón y la melancolía al resto del disco, una historia contada a ritmo de cuento, narración perfecta con clímax y final desalentador. El mismo Sabina lo dijo, este es su disco más serio. Y serio es el final de Eva, condenada a cajera del súper, después de haber tomado el sol desnuda en un jardín del Edén que, como cualquier Edén que se precie, no duró lo suficiente. ¿Quién me ha robado el mes de abril? compite en la división de los clásicos, dándole la mano a Calle Melancolía y Pongamos que hablo de Madrid; tristeza de amanecer en una taberna, con el aliento pastoso sabiendo a quién sabe qué bebida y con todo un día de mierda por delante, “en la posada del fracaso donde no hay consuelo ni ascensor”, y una retahíla de vivencias en una ciudad fría e inmisericorde. A nosotros nos suelen robar el mes de abril una, dos veces en la vida, luego lo recuperamos, pero a los protagonistas de estas y otras canciones del disco, abril se les va de la mano para no volver jamás.
Una de romanos puede hacer llorar al crítico más vírico de Sabina. Yo no he vivido el No-Do, ni los estrenos de Cleopatra, Barrabás o Espartaco en los cines de Madrid, pero puedo emocionarme con los recuerdos de Sabina de una época perdida donde, en sus palabras, bramaba la temible linterna del acomodador cuando un dedo acariciaba una pierna, un cuello o un sujetador. A cada verso, nos vamos adentrando en uno de esos cines, con nuestro amor adolescente al lado, y en la pantalla, una peli de romanos en Cinemascope a la que no prestamos la más mínima atención. Una de romanos hace que hasta Franco parezca un tipo de lo más amable.
Las cuñas y zig zags argumentales de Juegos de azar, o Locos de atar, la tan sabiniana oda a la gris vida de la secretaria de oficina, esperando el viernes, donde las puertas del amor y la juerga se abren de par en par, la extraordinaria Cuando aprieta el frío, que discurre entre amores ausentes y muelles de puertos cubiertos de nieve, o la energía de un Sabina de corte más rockero en Los perros del amanecer. Un disco de vivencias en la noche de la gran urbe, estampas contadas por uno de los mejores cronistas de aquello que nos pasa cuando salimos del trabajo y nos disponemos a vivir todo lo que hace que la vida valga la pena.

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Excelente artículo sobre el maestro Sabina, a quien a pesar de todo y afortunadamente todavía le excita su oficio. Saludos.
Se trata de uno de los mejores trabajos discográficos del gran Joaquín Sabina. “El hombre del traje gris” es un disco imprescindible.