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Into glory ride, de Manowar (1983)

En sus tiempos de gloria (los 80 y primeros 90), Manowar vestían cuero y taparrabos cuales hermanos de Conan El Bárbaro.

Sus conciertos eran batallas épicas en Cinemascope y el volumen más atronador jamás oído (”Tenemos los amplis más grandes, tío, explotan”, dicen en una de sus canciones más conocidas), sus canciones adquirían la categoría sinfonías del metal. Manowar no eran músicos, eran guerreros, no firmaban contratos con las discográficas, los juraban con su propia sangre, la cerveza y las mujeres constituían sus únicas ambiciones culturales, y en las entrevistas promulgaban la unidad de los hermanos del heavy metal, el trabajo duro y la confianza en tu propia fuerza para cumplir tus sueños. Te comprabas un disco de manowar y no te ibas a casa con una simple colección de temas metálicos, te llevabas toda una filosofía.

Manowar, para el 99,9% de la población mundial son hoy en día unos empanados caducos, un chiste, los locos de la colina que, cada cierto tiempo, bajan a la ciudad con un disco bajo el brazo, sus habituales ropas Ángel Cristo y sus medievales costumbres para revelarnos de nuevo la Verdad oculta del heavy metal, el secreto del acero, las puertas de Valhalla o lo que ellos crean conveniente. Y yo, tu y otros pocos, por supuesto, nunca nos reiremos de su parafernalia, picaremos en el anzuelo y alzaremos nuestra jarra mientras gritamos “¡Habemus Manowar!”.

Lo que nadie puede negarle a esta banda (bien, cualquiera te lo negará, pero ni caso) es que posee una discografía que, en sus coordenadas estilísticas, roza la perfección. No existe un heavy metal comparable al que ellos practican. A pesar de que, por lo general, su carrera ha sido acomodaticia, y en los últimos 10 años están de un vago que ofende, discos como Into Glory Ride (1983), Hail to England (1984) o Fighting the World (1987) consiguen situar al metal no demasiado lejos de lo que algunos denominan “arte”. Cuando en Manowar se ponen serios y componen esas odas a los reinos perdidos y a la guerra de la espada y el acero, cuando dejan de lado toda su palabrería en las entrevistas, o los insoportables solos de guitarra, bajo, piano y batería que sabotean sus conciertos, cuando escuchas Gates of Valhalla, pieza angular de Into Glory Ride, entonces pocas dudas te quedan: sus melodías pueden llegar a ser arrebatadoras, controlan como nadie la emoción en términos épicos, ejecutan pesados riffs salidos de la forja de Vulcano y crean un seductor mundo fantástico por el que da gusto perderse. Música personal, seria, original.

En 1983 Manowar empezaba a sonar en prensa y fans como una banda a tener en cuenta en el panorama del rock duro americano. Su formación en aquella época era la más clásica que hayan tenido nunca: Eric Adams a la voz, Joey DeMaio al bajo, Ross the Boss a la guitarra y el por entonces recién llegado Scott Columbus a la batería. Sobre el escenario exhibían toneladas de amplificadores, tocaban alto, muy alto, su imagen, como importada de un desfile fashion de la Tierra Media, era adorada por sus fans, enseñaban músculo y sudorosa virilidad, eran prepotentes y sabían que para triunfar debían de ser una banda singular, lo que en su caso implicaba que mientras unos les adoraban sin mesura, otros se reirían de ellos toda la vida. La confianza que tenían en su potencial fue la clave para que pudiera gestarse Into Glory Ride. El disco incluía tan solo siete canciones, aunque no hacían falta más, el septeto contenía obras de una consistencia de hormigón, y más temas hubiera diluido el conjunto como sucedió en discos posteriores como Kings of Metal (1988).

Into Glory Ride se inicia con los gemidos de una pareja follando que son interrumpidos súbitamente cuando entran en la habitación los padres de la chica, una moza de 16 años, luego un barullo, cristales rotos y el chaval que ha desvirgado a la niña sale corriendo de la casa entre risas maliciosas. En ese instante, explota Warlord un tema con olor a carretera, gasolina y motos Harley Davidson, otra de las obsesiones del grupo: “Born to live in the fast lane / On a chopped up Harley D / Smell that oil and high test gasoline / Never got a shortage of girls to share my seat”, aseguran los muy depravados, y es verdad que nunca se quedaban cortos de mujeres, en el backstage siempre tenían un buen número de pavas dispuestas a catar la hombría del sex symbol del grupo, Joey DeMaio.

El segundo tema asienta las bases del mejor estilo Manowar. Secret of steel versa sobre un bosque negro, carruajes de oro, la llamada de los dioses al guerrero, los hijos del destino, la voz del conocimiento y el cetro de hierro que otorga la Gracia. Si, es evidente que DeMaio y Eric Adams no son guionistas, en sus canciones hablan de mucho y de nada, pero aquí no cuenta la historia, sino el paisaje que cada imagen crea en la canción. El sonido de Secret of steel es Manowar 100%, brillando en este caso el gran Eric Adams, que no canta simplemente, sino que implora a los dioses con una voz que en aquellos años emocionaba como ninguna otra, mientras, observad a Joey DeMaio trabajando virtuosamente con su bajo, más cercano al estilo solista de John Enwistle que al bajista metálico convencional, y mirad detrás a Scott Columbus golpeando su batería zurda, marcando el cansino ritmo de la galera metálica, y por último, el legendario Ross the Boss (no os perdais sus actuales conciertos con The Dictators), guitarrista perfecto para sellar el muro sonoro de la banda, aquí con riffs tajantes cargados de tonelaje metálico, allá con rotundos solos. Secret of Steel es una canción grandiosa, repleta de magnificencia y desproporcionada en todos sus elementos, como no podría ser de otro modo. La esencia Manowar es hacerlo todo rápido, fuerte y grande, muy grande, una banda wagneriana, bíblica, colosal.

Into Glory Ride es un gran monolito metálico con grandes momentos: la actuación vocal de Eric Adams en la citada Secret of steel (ese verso final te lleva directamente al cielo) y en la maravillosa Gates of Valhalla, ¿es posible llorar de emoción con una canción de heavy metal? Respuesta: si, escuchando a Eric rezando a los dioses en voz alta: “Valhalla the Gods await me / Open wide thy gates embrace me”. Quien haya disfrutado en algún momento de su vida con La Espada Salvaje de Conan o El Señor de los Anillos, o quien simplemente aprecie la emoción del buen metal sentirá en sus entrañas la sensibilidad que circula por las arterias de este Gates of Valhalla imprescindible en la discografía de Manowar. Gloves of Metal (con Ross the Boss y Scott Columbus marcando la canción con un candente duelo guitarra y batería) o la magna March for Revenge (by the soldiers of death) son otras piezas clásicas que sitúan este disco entre lo mejor de una banda que hasta mediados de los noventa, se preocupó de forma muy digna por poseer una discografía prácticamente perfecta.

Como nota final, recomendar las ediciones digipack aparecidas hace tres o cuatro años de este Into Glory Ride y su sucesor, el igualmente tormentoso Hail to England, preciosas las dos, repletas de información, fotos de la época y poesía manowariana a raudales.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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