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Let’s get it on, de Marvin Gaye (1973)

Contando que Marvin Gaye nació en 1939, hoy tendría unos 70 años, edad en la que un cantante soul puede continuar actuando sin problemas (que se lo pregunten a Solomon Burke).

Si Marvin estuviera vivo, seguro que ya habría pasado por Barcelona y podríamos haber tocado el cielo en uno de sus conciertos, y quizás habría grabado una buena terna de grandes álbumes de madurez. Es triste pensar que eso no sucederá nunca porque al padre de Marvin Gaye se le ocurrió disparar a su hijo tras una discusión, una mañana de domingo de 1984.

A veces la música más dulce y bondadosa tiene sus semillas en una vida llena de problemas. Como nos pasa a todos, que recordamos los malos momentos más que los buenos, de la biografía de Marvin Gaye también resaltan las noticias tristes, los caminos pedregosos, las procesiones por túneles sin una luz al otro lado. Hablar de su vida es hacerlo de la muerte en 1970 de su querida Tammi Terrell, con la que había cantado memorables duetos, a la que siguió un grave periodo de depresión (antes de caer definitivamente enferma de tumor, la cantante había llegado a desmayarse en los brazos de Marvin en pleno concierto), o de las adicciones al alcohol y la cocaína que siguieron a su segundo divorcio a finales de los setenta, y de las presiones fiscales, la bancarrota, las eternas reyertas con su padre, los problemas creativos con la Motown, la lucha del cantante por ser fiel a dios (la religión fue importante en su infancia, su padre era predicador) ante las tentaciones más mundanas. Pero oponiéndose a tanto movimiento tectónico de una biografía devenida finalmente en tragedia, Marvin vivió tiempos felices.

En los sesenta, ocho años de hits con la compañía de Berry Gordy Tamla Motown (en la que se inició ejerciendo como batería de Smokey Robinson), que se destaparon en 1962 con aquel enérgico Stubborn kind of fellow, y conocieron joyas atemporales como I heard it through the grapevine o Ain’t that peculiar. Después de probarse una y otra vez como implacable intérprete de singles de éxito, Berry Gordy le concedió el inédito privilegio de controlar sus discos de principio a fin, y en estas circunstancias, Gaye creó What’s going on, su visión, más que de la política como se ha dicho, del estado de un hombre en crisis en los impredecibles Estados Unidos de América de 1970. What’s going on, un disco que veréis siempre bien alto en cualquier lista de “mejores discos de la historia”, y seguro que cerca estará la siguiente obra de Marvin Gaye, Let’s get it on (1973), de base conceptual bien distinta al anterior, pero con semejantes resultados artísticos. Con estas dos obras, Gaye ejerció de auteur en toda regla, coincidiendo con el mejor momento de su carrera. No superaría jamás la definición, el poder de influencia, la modernidad de su música en los primeros setenta, si bien viviría nuevos picos creativos con el casi pornográfico I want you (1976) y, después de uno de sus periodos personales más oscuros, el éxito de público con Midnight love (1982) y el single Sexual healing.

Let’s get it on, el disco del amor, el disco del sexo, mayoritariamente el sexo sin más, aquel encuentro casual quizás entre dos personas que no se conocen, pero que al cabo de pocos minutos, ya están susurrándose promesas, anhelos y suspiros al oído. Pero pensar solo en carne y sudor cuando hablamos de Let’s get it on es quedarse en los prolegómenos, más que simplemente jadeos y una banda sonora para retozar con tu amada, se trata del camino vital que parte del sexo para llegar al alma, a la tuya propia o a la de dios, como prefieras, como si el amor más humano y sensual nos permitiera situarnos en un plano tan elevado que a su vez fuéramos capaces de ver al mismo dios. Marvin Gaye comprendía que el alma humana necesita de lo terrenal para trascender su propia naturaleza, quizás el que no comprende y experimenta los placeres del amor, no pueda acercarse a lo sobrenatural que se esconde por encima y es la base de nuestras vidas. Pensar en Let’s get it on en términos exclusivamente eróticos es ver la mitad de la película y no captar en toda su dimensión lo que Marvin Gaye nos quiere transmitir.

Pinchad Let’s get it on (si es en formato digital, recomendar la edición de lujo editada no hace mucho, con docenas de versiones inéditas y necesarias notas de quienes participaron en la grabación del disco en 1973) y escuchad de un tirón la primera cara. Es un derroche de sensaciones, una sinfonía donde Marvin ejerce de maestro de ceremonias, arengando con suavidad al amor y a la caricia, o agonizando ante la perspectiva de perder a su amada, aunque solo fuera por una noche. Tratar de explicarse como el cantante encontraba la inspiración, la certeza creativa, para recorrer cada canción con innumerables inflexiones vocales, palabras pronunciadas al vuelo, cambios de ritmo, sin perder jamás la sensualidad es un acto vano, como intentar acceder a la esencia del propio soul. Por otro lado, los sucesivos cortinajes instrumentales arropan a la voz solista, ahora con vientos, ahora con orquesta, percusión… forman un muro de sonido voluptuoso, palpitante, que unifica las canciones en una sucesión que transforma el conjunto en una obra conceptual, como también lo era en otros sentidos What’s going on.

Temas destacados:

You sure love to ball: Violines, vientos, percusión y gemidos femeninos, en un sedoso nudo al cual se une Marvin en un registro más agudo, repitiendo “Oh baby, you sure love to ball”. Las palabras “love”, “baby”, “sugar”o “sexy” en los labios de Marvin nunca llegan a erosionarse, cuanto más las pronuncia más parece necesitarlas su amante. El sexo según Marvin Gaye no es decir “te quiero” y luego hacer el amor, sino hacer el amor mientras repites, aseguras, confirmas y corroboras que si, que la quieres, y que deseas que ella lo oiga todo el tiempo.

Let’s get it on: “And if you feel like I feel, baby… Come on, come on… Let’s get i ton”, “there’s nothing wrong for me to love you…”. La canción que abre el disco nos asegura que la vida es tan maravillosa, promete tanto, que no podemos negarnos, que si vemos que ella quiere y nosotros también, ¿por qué no hacerlo entonces? Marvin lo tiene claro, ante la duda: “let’s get it on”.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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