Joseph Ravel y Marie Delouart, padres del compositor francés, favorecieron la vocación musical de Maurice Ravel y, por su parte, su madre, de origen vasco, transmitió a su hijo la fascinación por los ritmos y las melodías de España.
El sello del exotismo español aparece a menudo en la música de Ravel con una entidad que va más allá de la moda de la época. Una consecuencia del esteticismo raveliano es el virtuosismo: el deseo de conseguir resultados inéditos y particulares a partir de un lenguaje sustancialmente tradicional exige, en realidad, un gran magisterio en el empleo del ritmo, de la armonía, del timbre y de la intensidad de los sonidos.
Un elemento determinante fue el origen español del compositor por parte de madre, Marie Delouart, que en 1874 se había casado con Joseph Ravel, de profesión ingeniero, el cual estaba trabajando en los servicios ferroviarios de España. Maurice nació al cabo de un año de celebrada la boda de sus padres, el 7 de marzo de 1875, en Ciboure, territorio francés, a poca distancia de la frontera.
Ingresó en el Conservatorio de París en 1889 y durante sus años de estudio, Ravel adquirió fama gracias a algunos trabajos que revelaban una madurez artística muy notable: se trataba sobre todo de mélodies (la más sugestiva de las cuales es Sainte, sobre versos de Mallarmé) y de piezas para piano. La originalidad del musicólogo francés se afirma en las tres composiciones para piano Menuet antique (1895), Pavane pour une infante défunte (1899) y Jeux d’eau (1901), todos los cuales siguen el repertorio, como también las posteriores versiones orquestales de las dos primeras.
Hacia el 1905, etapa en que se inicia la madurez del compositor, Ravel estaba invitado a un crucero fluvial a bordo de una embarcación de lujo, el Aimée, perteneciente al director de Matin, Alfred Edward. Pero antes de embarcarse en este yate había compuesto, además de las piezas para piano que se han citado anteriormente y del Cuarteto en Fa para cuerdas, alabado por Debussy, el ciclo de mélodies para voz y orquesta titulado Schéhérazade, la Sonatina y Miroirs, dos composiciones para piano pertenecientes al gran repertorio novecentista para dicho instrumento. El Cuarteto en Fa para cuerdas y la Sonatina revelan el aspecto neoclásico de Ravel, que consiste en la fusión de la literatura tradicional y la invención. Por otro lado, Schéhérazade y Miroirs, reflejan, en cambio, otro aspecto del estilo de Ravel: la evocación de imágenes a través del sonido. Así que, El Cuarteto en Fa para cuerdas y Schéhérazade fueron interpretados el mismo año, 1904 y, en cambio, Miroirs fue ofrecido por primera vez al público en 1906 por Ricardo Viñes.
El teatro del Châtelet, fue el marco escogido para interpretar (obtuvo una gran acogida y éxito por parte del público) en 1908 la Rapsodia española que estaba formada por cuatro movimientos en forma de suite: Preludio de una noche, Malagueña, Habanera y Feria. Son cuatro episodios en los que se evoca España con característicos ritmos de danza. Por lo tanto, queda clara la influencia materna en Ravel ya que la inspiración “española” estaba tenazmente arraigada su invención.
Al estallar la Primera Guerra Mundial, el músico francés trató de alistarse por todos los medios. En noviembre de 1915 pese a su reconocida incapacidad física para hacer el servicio militar, fue aceptada su petición. Esto hizo que Ravel fuese enviado al frente como conductor de carros de combate, siendo destacado a la zona de Verdun. Dado de baja en junio de 1917, Maurice Ravel terminó Le tombeau de Couperin, la primera composición para piano después de finalizar la guerra. El tombeau era una forma instrumental francesa que había estado de moda en los siglos XVIIy XVIII, como un homenaje fúnebre a un personaje, a un amigo o conocido caído durante la guerra.
Durante la última fase de la creatividad de Ravel se agudizaron las características de rigor estilístico, de claridad, de concisión y de perfección arquitectónica. Hubo composiciones de carácter virtuosista, que fueron la Tzigane para violín y piano y los dos Conciertos para piano y orquesta. Por su parte, la Tzigane es un homenaje al estilo gitano y estuvo dedicada por Ravel a la célebre violinista Jelly d’Aranyi.
En los cuatro primeros meses de 1928, el compositor francés hizo una tournée por los Estados Unidos, en el curso de la cual presentó composiciones propias. La tournée supuso la consagración para Ravel, ya apreciado en Europa y particularmente en Inglaterra, donde le había sido concedido el título de doctor honoris causa en Oxford.
Hablar del compositor francés Maurice Ravel es hablar de su vida, trayectoria profesional y, dentro de la cual, podemos encontrar la composición más célebre y conocida por la mayoría que no se nos podía pasar por alto. El popular y mítico Bolero de Ravel, compuesto en 1928 a petición de la bailarina y coreógrafa, Ida Rubinstein. Según palabras textuales de Ravel: “El Bolero se trata de una danza con un movimiento muy moderado y uniforme, tanto en la armonía como en el ritmo, este último marcado sin tregua por el tamboril. El único elemento que marca la diversidad corre a cargo del crescendo orquestal (…)”.
En Sain-Jean-de Luz, en el año 1933 fue donde el músico francés advirtió los primeros síntomas de apraxia, enfermedad que coarta el movimiento pero no obnubila las facultades intelectuales. En diciembre de 1937 Mauice Ravel fue sometido a una operación quirúrgica de la que resultó fatal. En efecto, la mañana del 28 de diciembre, pocos días después de la intervención, moría Ravel. Pero, no para los amantes de la música clásica del antes, del hoy y del mañana porque siempre conservarán su recuerdo.

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Maurice Ravel es el autor de la obra musical escrita en el siglo XX más famosa del mundo: el Bolero.