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No more shall we part, de Nick Cave & The Bad Seeds (2001)

Cuando un disco suena importante y diferente a todo lo que haya hecho anteriormente un artista, el oyente lo sabe.

No tenemos porqué haberlo leído en una revista, o la música no tiene porqué ser más dramática o grandilocuente de lo normal para que nos demos cuenta de que allí hay algo nuevo, quizás es un disco que el artista viste con las mismas ropas de siempre, el mismo sonido, las mismas temáticas, pero que ahora es algo radicalmente distinto a la vez que coherente con lo que anteriormente habíamos escuchado de él en el pasado; esta vez es una entonación especial en la voz, un tempo de la música, una repentina vibración en los textos, un peso en la interpretación de los instrumentistas que no conocíamos de antemano, ahora parecen más buenos, como si tocaran sintiendo exactamente lo mismo que sentimos nosotros al escuchar las canciones. Estos, los grandes discos –que a veces no son los que venden más, o los que cobran mejores críticas y aplausos- no tienen porqué incluir singles sobresalientes, a veces son un conjunto de pequeñas pistas casi abstractas que vamos percibiendo, puertas que se entreabren y nos permiten ver algo inédito en el alma del artista. Entonces, digan lo que digan, esa clase de discos se convierten en obras capitales porque, simplemente, el artista lo ha querido así, y se ha vaciado al crearlo de una forma excepcional, él y su grupo.

No more shall we part, disco de Nick Cave & The Bad Seeds de 2001 es una de estas raras obras. No posee las mejores canciones de la discografía del artista australiano, para ello tendríamos que acudir a Tender prey (1988), The good son (1990) o Let love in (1994), obras que concitan invariablemente el aplauso general; no es tampoco un disco más escuchable para lo que podríamos llamar el gran público, no lo recomendaría como primera compra para el desconocedor de la obra de Cave y los Bad Seeds. Desde la segunda fila, en su discreción, agazapado detrás de discos más populares, No more shall we part se descubre a sí mismo como un raro conjunto de canciones cuya tímida sencillez y sensibilidad encogida y mesurada, tarda en evidenciarse ante el oyente, si bien cuando lo hace, es fácil dejarse llevar por el óleo en su conjunto, maravillado por lo que uno ve, los paisajes de frío, flores espinadas, soledades a través de una ventana empañada, la enfermedad, el amor y la fe.

Nick Cave ya no es el mismo entrado el siglo XXI que cuando se paseaba por el filo del exceso con The Birthday Party y su primera época en solitario. Un Cave que a partir de The Boatman´s call (1997) empieza a desnudar la exhuberancia sonora de sus Bad Seeds y llega a reducir su música al piano que él mismo toca y a hondas baladas cuya preocupación gira principalmente alrededor de Dios. Con No more shall we part continúa en este proceso de deshidratación formal, aunque esta vez se deja apoyar en mayor medida por su banda de acompañamiento, quienes articulan para la ocasión una tela instrumental sutil, que solo despunta en contadas ocasiones, como es el caso de la cinematográfica y pura esencia Bad Seeds Fifteen feet of pure white snow y la impresionante The sorrowful wife, que tienden un hilo que conecta al Nick Cave agresivo, terrible de Do you love me? o The mercy seat con el más reflexivo cantautor que es en la actualidad.

No more shall we part… los pasajes de fina tensión emocional, cada tecla del piano pulsada en el momento, ese momento (And no more shall we part), el violín de Warren Ellis ya integrado en la estructura Bad Seeds (agradecidos estamos de oírle en la sentidísima Hallelujah, con un crescendo que vale su peso en oro, pura magia, segundos de arte de los que nunca me canso) y la voz del propio Cave despojada de la cavernosidad de antaño; el australiano se roba a sí mismo todo su poderío vocal y canta ahora con una fragilidad que aunque choca en las primeras escuchas, se revela como un ítem imprescindible y coherente con lo que nos transmite el disco.

Hallelujah (el violín, los coros), As I sat sadly by her side (con su intro al piano y la porosa guitarra tensando en segunda línea todo el tema) o The sorrowful wife (qué interludio de piano) son nuevas joyas de un conjunto perfecto, a mi entender el más satisfactorio que nos ha brindado su autor desde Let love in, y uno de los más incomprendidos también.

En su siguiente obra, Cave recuperaría la pulsión eléctrica a cambio de canciones más comunes, harto quizás de la trascendencia de No more shall we part, con ganas de crear música más luminosa y menos escarpada, un punto ligeramente bajo en su discografía ese Nocturama del 2003. Pero será con los recientes The Lyre of Orpheus y Abbatoir Blues, dos Lp´s independientes puestos a la venta en el mismo pack, que Nick cave recuperará el tipo, encendiendo a tope la mecha de los Bad Seeds y componiendo un fajo de temas que tocan los dos extremos de su música, las sombrías baladas y los aplastantes poyectiles de herencia punk que todavía hoy canta con tanto convencimiento. Él y su banda de nuevo a tope ¡bien! Lo último del australiano no desentona en absoluto al lado de sus mejores discos: un regalo en forma de triple Cd titulado a secas B-sides & Rarities con docenas de rarezas, caras B, temas compuestos para bandas sonoras… un agotador recorrido por lo que muchos no conocíamos de su discografía, y mucho trabajo tenemos ahora incorporando a nuestro imaginario musical perlas de este triple lanzamiento como The train song o City of refuge.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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