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Painkiller, de Judas Priest (1990)

1990 fue un año clave en la historia del heavy metal, la fecha en la que el género del cuero, las tachuelas y las guitarras Flying V se embarcó en una crisis irreversible de calidad y aceptación de público.

Empequeñecido por el hard rock más comercial (Bon Jovi), macro-fenómenos como Guns n’Roses o los Metallica del Black Album y sobre todo el grunge de Kurt Cobain y Eddie Vedder, que impidió a una nueva generación de teens educarse en la música mediante Iron Maiden o AC/DC, como sí había ocurrido en la década anterior, en favor ahora de los esputos de Nirvana, el drama permanente de Pearl Jam o la negrura de Alice in Chains.

El espacio para el heavy metal clásico quedaba radicalmente constreñido a sus incondicionales, y en las difíciles temporadas 90-91, en las que el estilo se ve herido de muerte, se dieron los últimos y engañosos coletazos de un heavy que hacía dos o tres años era, junto con el hard rock angelino, la banda sonora de millones de chavales en todo el mundo; de este modo, las ventas masivas de discos como Crazy World (1990) de Scorpions, eran únicamente espejismos que no prometían continuidad. El heavy metal clásico se despedía de la MTV y pasaba a ser un estilo más de carácter minoritario, que, travestido y recauchutado, volvería a contar con el beneplácito masivo en las formas de Limp Bizkit o Marilyn Manson, pero lógicamente, a cientos de kilómetros de distancia de aquel heavy que iluminó la plastificada, crepada y sintetizada década de los ochenta.
Si en 1990 el metal tenía que abandonar su estatus de género millonario, también necesitaba un último disco, una “última gran obra del hevy metal”, el canto de cisne definitivo. Y Painkiller de Judas Priest es hasta el día de hoy, el último gran disco de heavy metal.

Nadie esperaba mucho de los Judas Priest de 1990. Para Rob Halford, KK Downing, Glenn Tipton e Ian Hill (el batería Dave Holland, hace pocos años acusado de pederastia, había abandonado ya el barco) la década empezaba fatal. En primer lugar, se pasaron meses enmarañados en un juicio sin sentido en que se les acusaba de instar al suicidio a dos jóvenes que, según la acusación, se vieron influenciados por supuestos mensajes subliminales escondidos en el disco Sad Wings of Destiny y en canciones como Better than you better by me. Después de escenas surrealistas, de argumentos marcianos por parte de los abogados de las familias de las víctimas y de ver al Metal God Rob Halford de traje y corbata en el banquillo de los acusados, las cosas volvieron a su cauce y Judas Priest salió victorioso de la encerrona conservadora. Ahora debían grabar un disco, y tenía que ser bueno, estaban cabreados por el tiempo perdido en el juicio y querían sacarse la espina de los bajos resultados de su anterior obra, el endeble Ram it Down (1988).

Tras el fichaje a la batería del espectacular Scott Travis, Judas se machacan en el estudio y obtienen el premio gordo: un disco de fiereza inaudita, una castaña al tranquilo panorama del heavy de la época, diez canciones que definen el metal de forma moderna pero sin perder el clasicismo que, como Clint Eastwood en el cine, han defendido los mejores Judas Priest.

Después de Painkiller, su espectacular gira y el triunfo de la banda en el Rock in Rio, Rob Halford da el salto y abandona a sus compañeros para probar suerte en una carrera en solitario que resultó, cuanto menos, imprevisible. Y Judas dormirían el sueño de los burgueses adinerados durante años hasta que en 1997 reaparecen con nuevo vocalista, Ripper Owens y un disco que, a pesar de la ilusión que pusieron fans y críticos, creyendo ver un nuevo Painkiller, no tardó en deshincharse como un globo. A partir de ahí, solo cabía esperar los años que hicieran falta hasta que Rob y Judas se reunieran. Y en el año 2004, por un puñado de dólares, ambas partes ponen buena cara, dicen que la magia ha vuelto y nos regalan la esperada reunión. Giran por Europa y América produciendo sensaciones encontradas (a Rob se le ve mayor, el set list es aburridamente previsible, la química entre ellos no arde como antaño), pero los fans picamos y repicamos, coreando Heading out to the higway y United en los conciertos y comprándonos la nueva obra, ya en el 2005, de los padres del metal (como dice KK Downing, “heavy” lo inventan Black Sabbath, “metal” Judas Priest). Angel of Retribution es un hasta cierto punto prometedor disco, el mejor heavy metal que cuatro cincuentones pueden hacer actualmente, nada del otro jueves, pero mucho si lo comparamos con otros discos de retorno (comparad con aquel pastiche de Psycho Circus de Kiss, o el aburrido Brave New World de Maiden). Aceptando que nunca volverán a componer una obra de la magnitud de Painkiller, es fácil disfrutar con la reunión de Judas Priest. Les queda poca cuerda, y vale la pena gozarlos mientras todavía estén ahí.

Temas destacados:

Painkiller: Es la apertura más salvaje de un disco de Judas, más que el Rapid fire de British Steel (1980), o el ladrillo inolvidable de Freewheel burning en el Defenders of the Faith (1984). Una batería castradora de Scott Travis, las dos guitarras de Glenn y KK peleándose en el ring, y las cuerdas vocales de Rob machacando los altavoces en todos sus registros posibles como un mortero de acero.

Hell Patrol: Melodía clásica y fraseo tradicional de Rob, con esas letras que, siendo justos, tienen más de poesía que de texto de una canción de rock. La piel de gallina señores: “Like wild fire / Comes roaring / Mad Whirldwind / Burning the road”. Hell Patrol es hermana de tantos otros segundos temas en los discos de Priest, canciones como Riding on the wind (Screaming for vengance, 1982) o Jawbreaker (Defenders of the Faith), rápidas y fuertes, continuadoras de la energía del tema inicial, que nos suben definitivamente en la moto de Rob para recorrer el resto del disco.

Touch of evil: Medio tiempo con un riff fuerte que con muy buen criterio, la banda ha convertido en pieza importante en el directo. Un Rob que más que cantar interpreta, un tema de monumental clímax y estribillo bordado.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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3 comentarios en Painkiller, de Judas Priest (1990)

  1. El “Painkiller” es uno de los mejores discos de principios de los 90. Los heavy metal Judas Priest triunfaron con este disco.

  2.  El álbum “PainKiller” de 1990 es visto por algunos como la quintaesencia del speed metal, y el estilo se convirtió en una fuerte influencia en bandas power metal europeas como Gamma Ray y Primal Fear.

  3. Judas Priest, uno de los grupos británicos más importantes de Heavy metal, necesitaba tener en su discografía un disco tan fuerte como el “Painkiller”. Con el disco, los Judas Priest cerraron muchas heridas que estaban abiertas.

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