“Está todo dicho. Camarón ha sido el que más ha hecho por el flamenco en este siglo y el próximo. Él era el flamenco y se ha llevado el flamenco”.
Potito.
“De Camarón me gustan hasta los andares”.
Raimundo Amador.
Como es el caso de otros géneros musicales, el disco en directo es la tela donde se registra para la posteridad el trazo vivo y espontáneo del artista ante su público, liberado de la frialdad del estudio, las tomas mil veces repetidas y los trucajes de la mesa de mezclas. La valía de un cantante o grupo clásico pasa en mi opinión, por ponerse a prueba en el escenario y, por supuesto, registrar el test en un posterior disco de los llamados live.
Camarón, quizás el creador musical español más importante del siglo XX, únicamente editó en vida un disco en directo, Flamenco Vivo, de 1987, bagaje a todas luces insuficiente en una carrera que abarcó dos décadas, y más tratándose el flamenco de un género de escena por definición, y Camarón, un cantante cuyas innatas cualidades explotaban en sus, por otro lado, imprevisibles conciertos. La enmienda histórica llegó a finales de los noventa con la edición de las actuaciones de Camarón junto con el guitarrista Tomatito en el Cirque d’Hiver de París, en mayo de 1987, en un disco simplemente titulado París 1987. No estamos hablando de discos de talla bíblica como La leyenda del tiempo (1979), o derroches de sensibilidad como Potro de rabia y miel (1991), último disco del astro de San Fernando, muy al contrario, París 1987 es un disco en directo austero, nada ambicioso, con el cantaor y Tomatito solos ante un público respetuoso, contenidamente ardiente, y en su mayor parte entendido, pues estaba formado por gitanos del sur de Francia y amantes de Camarón, además de parisinos con ganas de experimentar sensaciones musicales nuevas. La voz de Camarón está pletórica, aunque también se ha comentado que su pico cualitativo había pasado ya hacía algunos años, y la guitarra del joven Tomatito borda los distintos palos con el debido temple.
El repertorio incluye los dos palos que más veces interpretó el cantaor durante su carrera, bulerías (Pañuelo a rayas y Tirititando de frío) y tangos (Como el agua y Yo pienso como el ciprés), además de alegrías, tarantos y fandangos. Los momentos más emocionales del concierto se cortan con un cuchillo, Camarón era un tipo extremadamente voluble, sensible, y su música no deja de serlo también, como en Yo pienso como el ciprés (”De la raíz de un olivo nació mi mare gitana / y yo, como soy su hijo toco de la misma rama”) o en mi favorita, de extraordinario calado, Como el agua. Un disco en vivo que transporta al entendido y al neófito, al escéptico y al curioso, a los terrenos más profundos del flamenco, con un Camarón que nada en sus mismas y puras esencias, él y Tomatito, en un dueto irrepetible.
Los conciertos de París en 1987 marcaron la acepción de Camarón como único embajador internacional del flamenco, su figura era ya un mito en vida, un fenómeno social cuya capacidad de convocatoria era hasta entonces desconocida para el género. De verdadero nombre José Monge Cruz, fue un revolucionario desde sus mismos inicios con Paco de Lucía a la guitarra, a principios de los setenta, hasta el capital La leyenda del tiempo, punto y aparte de proporciones cósmicas en el devenir del flamenco, producción de Ricardo Pachón con participación de Kilo Veneno, Raimundo Amador y un jovencísimo Tomatito, en el que se adaptaban letras de García Lorca en un torbellino donde se cruzan el flamenco con el jazz, rock, efluvios orientales, las cítaras, el moog, la percusión, los vientos… La puerta que tuvo que abrirse para que las futuras generaciones pudieran experimentar con el flamenco con la conciencia tranquila, pensando que, si Camarón lo hizo, yo también puedo hacerlo.
Después de La leyenda del tiempo llegaría en 1983 Calle Real, o la grabación de Soy Gitano con la Royal Philarmonic Orchestra en los míticos estudios Abbey Road de Londres, en el 1989.
Y a medida que pasaban los años, y la leyenda crecía, Camarón vendía cantidades de discos inimaginables para un artista flamenco, a la vez que los malos hábitos (coca, heroína, hachís) sesgaban inclementes su rostro gitano. El chaval al que apodaron Camarón por su particular pelo rubio, el que debutó a los 18 años con Paco de Lucía, era en 1992 un dios con la salud maltrecha. Los inauditos niveles de adoración que le profesaban fanáticos y la comunidad gitana, no evitaron que un cáncer de pulmón se lo llevara en Julio de 1992.
Volviendo al disco París 1987, y tratando de entender la estampa mítica de Camarón, una de las fotos incluidas en el libreto del CD, nos muestra al cantaor en el escenario del Cirque d’Hiver en tejanos, gafas de sol colgadas de la pechera, una mano cargada de anillos encendiendo un cigarro suspendido en los labios, y en la otra mano un paquete blando de Winston, su mirada desde el escenario desafía, invita y rehuye a la vez, y la imagen en su totalidad, desprende una clase -clase gitana- sobrenatural, mítica.
Añadir los lamentos de las canciones de Paris 1987 a la glamourosa foto del gitano con sus Winston blandos, es la prueba definitiva de que Camarón, efectivamente, era algo distinto.

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El disco “París” de Camarón con Tomatito se ha convertido, según mi punto de vista, en un disco de culto.
El Cirque d’hiver fue el escenario de este malabarista de las cuerdas vocales. Ya por aquella época le acompañaba Tomatito a la guitarra, quien recogería por este trabajo el Grammy al Mejor Disco de Flamenco 2000.
“París” es un disco imprescindible dentro del flamenco. Camarón, acompañado de Tomatito, creó uno de los discos más bonitos del mundo.
José Monje Cruz era mucho, muchísimo, Camarón. Si le añadimos la guitarra de Tomatito ya es el no va más. Vaya pedazos de artistas encima de un escenario. “París” es mucho más que un simple disco.
¡Ole Camarón!