
Eran tiempos de post punk en Norteamérica, y dada la extraña combinación de una poderosa voz femenina -cualidad notable de aquella chica indígena de voluminosa apariencia, bastante alejada de la que consume la industria- con el aire new wave que a menudo caracterizaba la música de la banda y con la frecuente e imprescindible presencia de raras pero bien logradas melodías de saxofón (que suena a jazz en algunos compases), el quinteto se situaba fuera de contexto -por así decirlo- tanto en imagen como en sonido y quizás por ser tan originales, inocentes y no comerciales, hoy son vagamente recordados por una mayoría acostumbrada a consumir exactamente lo contrario.
El titular de una revista local sería el que sugirió el nombre a esta agrupación: éste infería una “escasez de romance” en la ciudad de San Francisco por aquellos días y basándose en esa idea determinaron llamarse Romeo Void, manteniéndose en actividad entre 1979 y 1985.
Hubo tres factores que terminaron con su prometedora carrera: El usual celo de los otros integrantes hacia la atención que recibía la cantante; la falta de apoyo de una disquera hacia una intérprete que, digámoslo así, no era la típica anoréxica de cabellos pintados; y el haber llegado a obtener cierta popularidad y éxito -a punta de buenos discos- justo cuando la emisión de videos musicales por televisión comenzaba a coger fuerza (y se iniciaba la era de escuchar música con los ojos…).
Romeo Void – Never say never
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