“Esto es fantástico; cuanto peor soy, más vendo. Si la próxima vez desaparezco completamente del disco, es probable que llegue al número uno”.
“Odio ese álbum. Sally can’t dance es aburrido. ¿Cómo es posible que sacara Sally can’t dance con mi nombre en la portada? ¿Con el pelo teñido y toda esa mierda? Eso es lo que querían y eso es lo que consiguieron. Sally can’t dance llegó a los diez primeros puestos de las listas de elepés sin que hubiéramos sacado un sencillo. Y yo me dije: ‘Menudo pedazo de mierda…’. Me gustan los viejos discos de la Velvet. No me gustan los discos de Lou Reed”.
Lou Reed hablando de Sally can’t dance. Sentencias extraídas del libro Las transformaciones de Lou Reed, escrito por Victor Bockris.
En 1974, Lou Reed era un cínico y un yonqui. Cínico porque se despachaba de esta guisa juzgando sus propios discos, asqueado de su éxito, frustrado porque sabía que del hombre que compuso las canciones de la Velvet Underground se esperaba algo más que un público masivo. Y era también drogadicto a tiempo completo, encerrado con sus allegados en su apartamento neoyorquino, preparando recetas caseras de speed que inyectadas en dosis pantagruélicas, lo convirtieron en un saco de huesos inexpresivo, de carácter esquizofrénico e improductiva creatividad.
Pero el peor Lou seguía siendo un auténtico creador, sino ya de grandes canciones, sí de discos de humeante, colocada, serena y poética calidad. Me gustan los discos de Lou, incluso los más flojos, porque hasta en estos se desprende una atmósfera cálida muy particular, una templanza que es su etiqueta desde que salió de las radicales aristas y los incómodos recovecos de la Velvet. El Lou más barato, aquel que le ves venir y al que recibes con un bostezo, ofrece sin embargo algunas agradecidas pinceladas soul, r&b, jazz, a veces incluso dos acordes de crudo rock n’roll, entre sus canciones te cruzas además con frases, palabras cogidas al vuelo, imágenes de la calle que sí destacan entre otras letras más mediocres y vagas. Al peor Lou le salvaron estas excepciones de genialidad, junto con su inestable pero atrayente personalidad, el entrañable sonido de su guitarra, muchos de los grandes músicos con los que trabajó, y esos discos, en suma, que él tanto odiaba pero que nunca dejó de hacer.
Sally can’t dance podría considerarse ese Lou de bostezo y siesta, pero siendo justos, es un disco que siempre lo ha tenido difícil. Se edita seis meses después del ardiente live Rock n’roll Animal, donde Lou vestía sus himnos velvetianos de fustigaciones arena-rock acompañado por los guitarristas de Alice Cooper, e inmediatamente después de este Sally can’t dance llegarían Coney Island baby y Rock n’roll heart (ambos de 1976), obras más personales y definitivamente más redondas que ésta. Pero hablamos de un disco especial por muchas razones. A pesar de su contexto en la obra reediana, Sally can’t dance (con la imagen de ese Reed bruto y chulesco en la portada) es la cima comercial de Lou Reed, su único Top Ten, un disco compuesto en su época de mayores adicciones, y por ello quizás una obra que sabe combinar la acomodaticia comercialidad con piezas de agria revisión autobiográfica. El decorado musical es un soul y r&b suave, con piano, órgano y alguna sección de viento que te levanta el ánimo en momentos puntuales. Sally can’t dance es un Lou de aparente fácil ingestión, un disco cómodo pero exigente también, porque requiere oídos atentos a los arañazos de carácter que asoman cuando menos te lo esperas. No, no es un disco tan malo como aseguraba su creador.
Temas destacados:
Kill your sons: Clásico indiscutible de toda la discografía de Lou. Mirando hacia su conflictivo pasado, como una sanguijuela, Lou succiona dolientemente la sangre de su infancia y relata como sus padres le sometieron a sesiones de electroshock para que pudiera superar sus problemas psicológicos. Una batería avanzando a lentos pasos de elefante, acordes fuertes, sin concesiones melódicas, y un bajo y una guitarra solista que sí dibujan punzantes arabescos por encima de este ritmo cansino y aplastante. Reed consigue en Kill your sons que música y letra sean significantes indisolubles. Un texto como éste no podría tocarse de otra manera, si bien las versiones en directo que ejecutó Lou en los ochenta (escuchad Live in Italy, de 1984) con el guitarrista Robert Quine llegan a superar la intensidad de la toma en estudio.
Billy: Qué bien suenan los vientos en canciones como esta y discos como The Bells (1979). En este caso, un saxo da toda la nostalgia con eco a ciudad, olor a Queens, al vapor filtrándose al exterior por las alcantarillas de la nocturna Nueva York, y en ese fondo tan inconfundiblemente reediano, un texto que recuerda al amigo de juventud que ya no está. La dieta a base de speed y mal humor, no había conseguido acabar con toda la sensibilidad de Lou.
Bay face: Más ambiente urbano, y esa calidez tan particular que desprende la instrumentación de muchos discos en solitario de Lou. Es la música que le salía, a kilómetros de las radicales cuchillas sonoras que fabricó con Cale, Tucker y Sterling Morrison, un Lou más aletargado y menos sorprendente, si, pero también consciente de lo que los parámetros de su estilo le permiten o no hacer, y dispuesto por ello a perfeccionar y pulir su poética y su sonido, sin mayores aspiraciones, hasta conseguir un no por esperado menos gratificante y perfecto “estilo Reed”, un regalo a cada nuevo disco. Para volver a traspasar los límites, ya se reuniría con la Velvet en los noventa…

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MundoMúsica | Discos | Sally can’t dance, de Lou Reed (1974)

