Son una banda especial, Cowboy Junkies. Un lenguaje propio, basado en un tempo musical muy particular, ensoñado y brumoso, y una instrumentación que tiende a buscar lo esencial huyendo de cualquier sombra de barroquismo, y una base estilística que bebe del folk y del country.
La banda procede de Toronto (la forman 3 hermanos, Michael Timmins a la guitarra, Margo a la voz y Pete a la batería, más Alan Antón al bajo), llevan desde mediados de los 80 ofreciendo discos con una personalidad y carácter marcados a la vez que serenos, repletos de reflexión, sonidos lejanos, y voces susurradas al oído. Son la banda que quizás no desees escuchar hoy, pero te aseguro que hay días en que los necesitas como quién necesita salir de su ajetreada oficina, tomar el aire, encenderse un cigarro y reencontrarse consigo mismo durante unos instantes mientras el atardecer acaricia su rostro.
A esta familiar y tranquila banda canadiense hay que agradecerle discos que concitan casi invariablemente buenas críticas y fieles adhesiones: obras como Open (2001), The Caution Horses (1989) o el reciente, perfecto –¡y eso que da la sensación de que lo han grabado con los ojos cerrados!- Early 21st Century Blues (2005). Su carrera parece afianzada desde hace tiempo, y ellos se lo toman con calma, saben cuál es su terreno y se dedican a cultivarlo sin altibajos y con toda la tranquilidad del mundo.
Quienes no sabían si confiar o no en Cowboy Junkies serían los que en 1987 iban a su tienda de discos habitual y se encontraban con un disco llamado The Trinity Session. Era éste el segundo largo de la banda, de los cuales prácticamente nadie sabía nada, uno de las muchos grupos que alquilaba una furgoneta y recorría toda Norteamérica tocando de club en club, con la esperanza de que, al regresar a casa, por lo menos hubieran cubierto gastos. Precisamente fueron estas agotadoras giras (4 músicos, una caravana, miles de kilómetros, poco dinero, pocos fans), concretamente por el sur de Estados Unidos, las que produjo en el grupo un efecto resorte inesperado: el country se descubrió ante los canadienses hermanos Timmins mientras estos conducían por las tierras de Alabama o las Carolinas, y la reacción fue darle un nuevo empuje a su música, un toque más tradicional y arraigado en el country. Pero su lectura de los antiguos sonidos del sur sería enteramente personal: sabían qué querían contar y cómo, lo único que les faltaba eran unos parámetros estilísticos donde hacerlo, y eso es lo que encontraron en aquella gira por el sur.
De vuelta a Toronto, con la recién adquirida nueva visión de la música todavía caliente, el grupo alquila una iglesia de la ciudad durante 12 horas para grabar The Trinity Session (el título del disco alude al nombre de la iglesia). 12 horas nada menos. Sin tiempo de comer ni ir a por unas cervezas, 12 horas en las que algo rotundamente mágico penetró por entre las bóvedas de aquella iglesia y dio como resultado esta maravilla pequeña, diminuta, como ese juguete que solo te gusta a ti y que contemplas con deleite mientras miras de reojo que no te estén espiando.
Es un disco puro, tocan los cuatro miembros del grupo más alguna aparición puntual de harmónicas, un violín o un acordeón, todo rozando la gloria pero sin llegar a tocarla, no fuera que se rompiese en mil pedazos y el disco perdiera todas esas delicadísimas sensaciones.
Además de pocos músicos, técnicamente la grabación se queda en lo esencial: dos pistas y un sólo micro para grabar todos los instrumentos y la voz. La imagen de una iglesia en la penumbra y el grupo formando un círculo alrededor de un micro, tocando como ángeles, y Margo Timmins desgranando versos como quién abre muchos tarritos de especias con mil sabores distintos, debería ser digna de ver. Fue una grabación tan precaria que, como cuenta Michael Timmins en la web del grupo, no les dejaron ni mantener la iglesia cerrada durante las horas de grabación, y fueron molestados de vez en cuando con la presencia de turistas que entraban a admirar la arquitectura del edificio y se encontraban con un grupo de músicos en pleno trance creativo.
Todo lo que ocurrió en aquellas 12 horas renace a cada escucha de The Trinity Session. Es un sonido que mil productores con carrera y mil Pro Tools nunca podrían captar. Aquí el único mérito, para nada desdeñable, del productor Peter Moore fue que supo colocar el micro cuando y donde debía, porque lo demás es pura mística musical atrapada en un instante en el tiempo.
Desde la inicial y heladora Mining for gold, tonada tradicional cantada a capella por Margo, la segunda y maravillosa Misguided Angel (tema que se llegó a radiar habitualmente en algunas emisoras norteamericanas), con la serena guitarra de Michael Timmins y una armónica que te deja pendiendo de un hilo al principio de la canción, Misguided Angel me convirtió en fan de esta banda, una canción excepcional, puro Cowboy Junkies, que cuenta los pensamientos de una mujer irremediablemente enamorada del hombre equivocado que la puede llevar a la perdición:”I said mama, he´s crazy and he scares me / but I want him by my side / Tough he´s wild and he´s bad / and sometimes just plain mad / I need him to keep me satisfied”.
Luego la irresistible versión del Blue Moon, o la de Sweet Jane de la Velvet Underground, o la más escalofriante todavía lectura de Hank Williams con I´m so lonesome I could cry… Cada canción deviene inseparable de su conjunto, The Trinity Session no es un disco conceptual, pero sí una obra cuyo halo no decae en ningún momento, de obligado disfrute del tirón, imposible escuchar un tema y no aguardar con impaciencia a que empiece el siguiente… ¿O habríais sido capaces, de haber asistido a aquella sesión en la iglesia de Toronto, de abandonar el lugar antes de que sonara la última nota de la última canción?

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MundoMúsica | Discos | The trinity session, de Cowboy Junkies (1987)

