Entre 1971 y 1973, Marc Bolan vivió tiempos de gloria. En Europa, y Gran Bretaña en concreto, la banda que lideraba, T-Rex, se convirtió en el acto más deseado por miles de teens sedientos de nuevas estrellas del pop, después de que la generación anterior se hubiera desfogado con la beatlemania.
Decisivos en la formación y auge del glam-rock, vendieron millones, ganaron y gastaron utópicas cantidades de dinero, y la imagen de Bolan se elevó al nivel de becerro de oro sobrenatural, icono mágico inalcanzable para los mortales (él mismo había declarado que “la gente no está segura de si realmente existo”).
Entonces eran buenos tiempos, y la inquieta mente de este pequeño bardo glam no tenía problemas a la hora de facturar como mínimo un disco exitoso por año (Electric Warrior en 1971, The Slider en el 1972, Tanx en el 73), más un montón de singles que cada temporada ocupaban invariablemente las primeras posiciones en las listas (interminable sucesión: Get it On, Jeepster, Life is a Gas, Metal Guru, Telegram Sam, Children of the Revolution, 20th. Century Boy…). Fenómeno de adoración, millonario fetiche pop, Marc Bolan era algo que debías llevar si querías estar a la moda en los primeros setenta.
Pero en 1974 todo empezaría a cambiar. La vida ya lo dicta de ese modo, todo lo que sube baja, y más en la montaña rusa de la música popular. Ese año, Bolan fue la fashion victim cuya muerte comercial, que no artística, empezaba a anunciarse con los mismos neones que lo habían encumbrado tres años antes. Personalmente, la fama empezaba a afectarle en lo negativo, ese año Marc bebía como nunca (champagne, mayormente), se drogaba como nunca (coca), su ego estaba por las nubes y era una molestia continua trabajar con él. Durante la grabación en Munich de este Zinc Alloy and the Hidden Riders of Tomorrow, la estrella se pasaba horas reconstruyendo y deconstruyendo las pistas de cada canción, buscando obsesivamente quién sabe qué sonido, un comportamiento que acabó con la paciencia de Tony Visconti, creador del particularísimo sonido del grupo, el productor que había tenido tanta responsabilidad por el éxito de T-Rex como el propio Bolan, quién abandonó la nave harto ya de los númeritos del astro. Mientras, fuera del estudio y los castillos de la fama que Marc tenía montados en su cabeza, en el mundo terreno, T-Rex empezaban a cansar. No habían conseguido triunfar en USA, ni lo conseguirían nunca, y en Gran Bretaña, las cosas ya no eran tan fáciles como antes. Además, la clientela glam abrazaba otros fenómenos más cool, con David Bowie instalado desde hacía ya un tiempo en la comandancia del pop, y triunfando a ambos lados del Atlántico.
Inmerso en esta ruta descendente, Bolan se sacó de la manga el disco del que posiblemente se sintiera más orgulloso en su vida, y el más difícil de su carrera porque certificó su defunción comercial (los singles que precedieron al álbum –The Groover y Truck on (Tyke)- ni se acercaron al número 1). Ilusionado, Marc concibió su obra más elaborada y ecléctica, en su empeño de huir del boggie clásico de los T-Rex más populares para huir hacia delante, demostrando que había vida artística más allá del empacho de T-rexmanía. En las grabaciones plasmó la música que más le había impresionado en los últimos tiempos (la música negra que se escuchaba en las ondas en USA), creando lo que él denominó, con su particular tendencia a irse de la olla, Space Age Funk. Para que el lavado de cara funky tuviera marchamo de seriedad, utilizó en Zinc Alloy los coros de Pat Hall y la cantante soul Gloria Jones, esta última su futura compañera sentimental. Para reengrasar el sonido del grupo, añadió también un segundo guitarrista que les acompañaría posteriormente en directo.
Una vez editado, Zinc Alloy certifica que público y crítica no estaban por el funk de la edad del espacio, más bien por los revolucionarios discos que anualmente se sacaba de la manga el héroe Bowie. Para colmo de males, se le criticó a Bolan que se hubiera empeñado en cambiar su nombre Marc Bolan y el de T-Rex por el de Zinc Alloy and the Hidden Riders of Tomorrow, al estilo de Bowie y Ziggy Stardust and The Spiders from Mars, se le tiraron encima por copión, pero lo cierto es que la idea de llamarse Zinc Alloy corría por la cabeza de Bolan desde hacía más de cuatro años, mucho antes de que Ziggy diera sus primeros pasos. La compañía discográfica por su parte le dio un “no” rotundo a Marc, en su intención de que en la portada figurara tan solo el nombre de Zinc Alloy and the Hidden Riders of Tomorrow, obligándole a añadir una franja con el más reconocible Marc Bolan and T Rex. Y es que su poder en la industria ya no era el mismo, a pesar de facturar un disco clásico en la imaginería inimitable de T-Rex, despacharse sus mejores solos de guitarra en años (Marc siempre había sido un guitarrista perezoso, compositor de riffs más básicos que el A-B-C, y solos para pasar trámite) y componer temas que no desmerecían a sus anteriores obras.
Se me antoja este Zinc Alloy otro viaje a un universo fantástico en el que los infantilismos de un cuadro de Klee conviven con un cómic de Weird Science-Fiction de los 50, el glam más barroco jamás grabado y los textos más absolutamente incomprensibles de la carrera de Bolan (”Which galaxy are you from / Tell me how they bang a gong”, “Now I’m poppin’a few in the morning dew / Do the monkey wrench / On a persian bench it’s a teenage night / And the vampiros are right” o, atención: “Basil Dazzle and her dissolving city / Stella Gazella and the distraction I bought her / I wonder why, oh why”), llamadle escritura automática desde el espacio exterior, o mejor, el producto de la mente de un niño tan imaginativo como malcriado por la fama, y empeñado en no crecer.
La excursión a la galaxia Bolan que es este Zinc Alloy se complementa también con canciones bastante memorables, Explosive Mouth, con su pegajoso estribillo marca de la casa y la simplicidad en los patrones de la que siempre hizo gala Bolan; Teenage Dream, en la que Bolan-niño utiliza los caracteres de Silver Surfer y el Mago de Oz para lamentarse de que se haya evaporado el sueño de su generación adolescente; la inicial Venus Loon, la melodiosa Interstellar Soul, o el tema con el título más ridículo de la historia: Avengers (Superbad), The… destacar este u otro tema en un disco de Marc Bolan es siempre inútil porque este hombre componía un tema tras otro siguiendo invariablemente las mismas coordenadas: estructuras muy muy sencillas, riffs rehechos de otros riffs a su vez ya rehechos, rebozado instrumental en la producción con coros, violines y lo que haga falta, y unos textos de los que antes ya nos hemos hecho una idea. El resultado era siempre uniforme, cierto que Marc ponía el piloto automático, cierto que despojadas de la producción las canciones de Zinc Alloy no pasan del aprobado, pero la clave es este universo de una inocencia y un egocentrismo normal en un niño, raro en un adulto, la magia del sonido T-Rex, ligado a una época muy concreta, el glam, la sensación de que al escuchar la voz de Bolan dejarás atrás los problemas, el ruido, la molestia del mundo real.
El boggie de T-Rex estaba diseñado para divertir, gozar de tu despreocupación, bailar y soñar, y que no te molesten los de fuera.

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